jueves, 26 de enero de 2012

Que la vida es un sueño ya lo dijo Calderón hace unos siglos, que los sentidos nos engañan lo prueba cada discusión con visiones contrapuestas de una supuesta realidad, que vivimos como los burros, con los ojos tapados para no ver lo que somos lo gritan los poetas pero pocos hablan de que somos los realizadores de nuestro film.
Cada esperanza pasajera que será sustituida por la siguiente es cada uno de los planos, la iluminación la ponemos, o a veces la robamos, según el favor de los astros, el color es nuestro color, nuestro olor. Matamos a los personajes cuando nos apetece o los dejamos vivir adaptando el decorado, reímos o lloramos alternativamente según queramos, de veras, según queramos; pero llegamos a creer que nuestra película es un destino, algo forjado por los dioses milenarios que dirigen el universo, pero es sólo un traje, el que construimos para protagonizar nuestro film.
Sólo hay dos excepciones, dos momentos en los que somos actores secundarios y participamos en la película de otro u otros, cuando somos niños y cuando envejecemos. Al llegar a la vejez vamos perdiendo jirones de nuestro disfraz, dejamos trozos de nuestro personaje aquí o allá, perdemos el utillaje dejando los descarnados huesos y la humanidad al aire. La sonrisa infantil tiene mucho de mueca calavérica. Ya no hay plumas ni afeites, arrogancias y belleza, no somos estupendos. Somos aquel niño muerto de miedo que se enfrentaba a un porvenir incierto.

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